Desenlaces Cuarta Sesión

La discrepancia como método

El complejo tratamiento acerca del ser humano, más que alejar la incertidumbre y hacernos arribar a un destino cómodo y placentero, provocó una galerna de opiniones que, si bien no resultaron definitivas, permitieron el establecimiento de una ruta que quizás pudiese, tras arduos esfuerzos, hacernos llegar a la disolución de la duda con la que habíamos partido. Pero tal vez sea este el punto definitivo de la discusión mantenida durante la sesión dedicada a esclarecer qué es el hombre pues, sin lugar a dudas, puede que sea la propia curiosidad uno de los pocos elementos constitutivos de la raza humana que fueron aceptados con cierta unanimidad como distintivo y claro en la amalgama de caracterizaciones que pueden ser empleadas para analizar al individuo. De esta manera, se hace imprescindible el establecimiento de un trabajo de discusión y análisis que se convierte en motor de cuestiones para saciar la curiosidad idiosincrásica del ser humano.
Con todo, no fue un trabajo fácil el que nos condujo a esta efímera y quizás débil conclusión, se hizo necesario atravesar distintas etapas que fueron marcando hitos en nuestro camino y dejando en claro que la tarea intelectual no requiere de la iluminación espontánea que hace aparecer intuiciones evidentes al modo cartesiano sino más bien de la dedicación y el contraste de puntos de vista para afilar el pensamiento y dotarnos de la herramienta fundamental para el análisis que alimenta la curiosidad del hombre; la razón.
Sin embargo, el hombre no es puro análisis y las demás facetas que acompañan a la racionalidad como uno de sus rasgos distintivos encuentran acomodo en la sentimentalidad que no responde a los mismos requerimientos que el ámbito analítico. El sentimiento o corazón, como gustaba decir Unamuno, necesita de alimento para el alma o espíritu en forma de creatividad, afectos o demás emociones que la fría razón no puede procurar. Caso paradigmático resultó ser el de Stuart Mill que, rebosante de racionalidad y lógica analítica debido a la educación recibida, quebró su alma debido a las emociones que había dejado sepultadas debido a la avalancha cientificista a la que había sido sometido.
Es por esto que quizás, como parte ineludible de la condición humana, se haga necesaria la vida en comunidad para ofrecer, además de soporte pragmático para la supervivencia, consuelo y compañía que establezca una base emotiva sobre la que desarrollar nuestras existencias. De esta manera, será Hannah Arendt, siguiendo la estela aristotélica, una de las defensoras de la vida en sociedad para el desarrollo de una vida plena en todas las facetas que le son propias al ser humano. Ella, que tanto supo del terror que atenazó toda una época, se erige en defensora de las posiciones comunitarias que había visto resquebrajarse por el auge de los totalitarismos europeos.
¿Y qué sería de la vida política o en sociedad sin la presencia del otro? Efectivamente, en la alteridad, en el que tenemos delante, es donde nos encontramos con el espejo de nuestra acción y con el reflejo de la normativa que necesitamos para el mantenimiento de la sociedad que no podemos eludir a nivel antropológico. Aunque, más allá de este asunto primordial, frente al otro levantamos nuestra propia existencia que vamos dotando con distintas capas de personalidad debido al juego social al que debemos someternos para desenvolvernos entre nuestros iguales que no son sino una prolongación de nosotros mismos.
Pero si algo puede definir al ser humano es su perenne insatisfacción ante la vida que le ha tocado vivir. La certeza racional y el anhelo sentimental por la propia existencia y por la pervivencia de la conciencia más allá de la finitud física llevan a la raza humana a la creación de un trasfondo teleológico de carácter existencial. En otras palabras, el hombre si sitúa por encima del mundo animal al que pertenece y se emparenta con la divinidad. Y aquí, en este punto, es por medio de la lírica como se procura una salida ante el callejón que supone una existencia plagada de complicadas cuestiones sin respuesta. Así, un buen día, el hombre creó a Dios y pensó que así podría descansar; nada más lejos de la realidad, su curiosidad seguía espoleándole sin piedad.

Un comentario en “Desenlaces Cuarta Sesión

  1. […] dejamos un poco de lado el sentido humanista de la cuestión. Como bien dice el coordinador en su resumen de la sesión, llegamos a acuerdos como la importancia de la curiosidad y la innegable faceta racional, […]

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