Altruismo, egocentricidad y mística

La séptima sesión del Taller de Pensamiento filosófico comenzamos leyendo dos textos, el primero es una narración tradicional china y el segundo un fragmento de la obra “Egocentricidad y mística” del filósofo alemán Ernst Tugendhat. Las preguntas que formulan los participantes relacionadas con los textos son las siguientes:

  • ¿Hay relación entre ambos textos?
  • ¿Por qué eran felices en el paraíso?
  • ¿Qué significa “mística” aquí?
  • ¿Se puede ser “yo” sin los demás?
  • ¿Es aceptable tomar distancia de las 3 maneras que dice el texto?
  • ¿Es la egocentricidad lo que diferencia los seres que deliberan de los otros seres?
  • ¿Solamente los humanos deliberamos?
  • ¿Son los mismos fines para el grupo como para el individuo?
  • ¿Podemos los seres humanos tomar distancia de nosotros mismos?
  • ¿Respondemos las personas de distinta manera a la misma situación?
  • ¿Puedo excluir el “yo” a la hora de tomar decisiones?

Decidimos comenzar por relacionar los dos textos para intentar responder a la primera pregunta. Habría una relación ya que el texto de Tugendhat habla de una manera de tomar distancia del propio bienestar dando importancia a los otros, y en la narración china la actitud de los comensales en el paraíso también sería de tener en cuenta al otro al darle de comer.  Aquí surge la duda de si sería un gesto altruista el dar de comer al otro sin saber si les dará también la comida a cambio o si sería un gesto interesado precisamente porque se busca que les devuelva el favor.  Algunos participantes plantean el hecho de que nada es del todo desinteresado en el gesto de ayudar a los demás porque siempre se obtiene algo, aunque sea bienestar psicológico. Puede ser un acto de generosidad o una toma de conciencia de una solución buena para todos. Se pone el ejemplo de animales que se unen en manada para conseguir objetivos, que serían buenos para el grupo pero también se benefician individualmente. El ser humano también puede en ocasiones unirse para conseguir un objetivo. Pero… ¿nos preocupa el otro realmente? ¿Estoy en grupo por mi mismo o porque me preocupa el otro? ¿Qué es el bien común?. Relación de la moralidad con la genética. Muchos actos que parecen altruistas pueden venir de un instinto de supervivencia.

Aquí Azucena nos habla de Rousseau que distingue entre la voluntad general y la mayoría. La voluntad general sería fruto de un consenso, algo que todos entendemos que es bueno. La mayoría sería una voluntad particular pero que es compartida por muchos.

¿Existe la bondad realmente?

En el paraíso se daría el apoyo mutuo, las dificultades están ahí en ambos lugares pero la diferencia es que en el infierno se creen que pueden solos y en el cielo se apoyan mutuamente.

El instinto de supervivencia ¿en qué se diferencia de la conciencia del yo?

En el texto de Tugendhat habla de tres maneras de tomar distancia: de las sensaciones inmediatas en consideración a fines y al futuro propio, del propio bienestar dándoles importancia a los otros y la tercera manera sería tomar distancia de la propia egocentricidad. Ésta última la relaciona con la mística que para él consistiría en trascender o relativizar la propia egocentricidad. Nos paramos un tiempo en esta parte del texto que nos genera dudas de interpretación. Finalmente comprendemos que eleva el yo individual a una instancia superior de lo que somos parte y que puede ser:

  • Dios, en su sentido religioso
  • Un “nosotros”, en su sentido comunitario, de comunidad de seres:  humanidad, naturaleza, vida, universo…
  • Un “todo”, en su sentido panteísta

Serían tres maneras de entender la mística: Dios/Humanidad-Naturaleza/Todo panteísta.

Advierto la coincidencia de que en la mística se dan tres vías o fases para llegar al grado máximo de unión del alma humana a lo Sagrado: la vía purgativa, la iluminativa y la unitiva.

Otra perspectiva para abordar las tres distancias de Tugendhat son las tres generaciones de los derechos humanos. La primera entiende al ser humano como individuo. La segunda entiende al ser humano como un ser que se integra en instituciones y grupos sociales. La tercera generación de derechos aborda la totalidad de necesidades e intereses del ser humano y aquí se incluirían los derechos que no son privativos de un individuo o de un grupo sino que inciden en la humanidad en su conjunto (como aquellos referidos al medio ambiente, la paz, el patrimonio común…)

El valor de los derechos de primera generación es la libertad individual. El de los derechos de segunda generación sería la igualdad (fundamentalmente igualdad de oportunidades, tanto en su dimensión económica como social y cultural). El valor de los de tercera generación sería la solidaridad, tanto en el presente como en favor de generaciones futuras.

Alguien sugiere que el primer texto al ser una narración tradicional china conecta con la filosofía china que siempre ha sido comunitaria ya que parte del colectivismo, es colectivista por naturaleza. Sin embargo en Europa y occidente ha habido siempre una filosofía más racional e individualista, hay que forzarse a buscar grupo y relacionarse, la idea de colectivo es un intento continuo de llegar a eso.

Una participante comenta que si olvidamos el ego no podemos dar a los demás, comparte el conocido lema de “quiérete a ti mismo” porque sino no podrás querer ni dar al otro. Todos necesitamos a los demás, somos seres dependientes y sociales.

¿A quién puede beneficiar el individualismo?

Individualismo/Cooperación

Reflexionando acerca del “yo” y todo aquello que no es “yo”, Azucena nos habla de Kant y de Husserl; realismo, idealismo y fenomenología abordan la relación del yo con lo real. 

El realismo  sostiene la primacía del objeto, que es lo auténticamente real. Es posible el acceso del sujeto a la realidad extramental. El idealismo mantiene la primacía del sujeto, que configura la estructura de la realidad. A lo que tenemos acceso no es a la realidad sino a las ideas del sujeto sobre la realidad. Ejemplo del cuadro de René Magritte (Ésto no es una pipa). Nuestra representación de la realidad no es la realidad. No hay salida hacia lo extramental. La fenomenología trata de conciliar la mutua interconexión entre sujeto y objeto mediante la noción de intencionalidad. Sujeto y objeto están imbricados y se requieren mutuamente.

Finalizamos la sesión con varias preguntas en el aire: ¿Sólo tenemos un “yo”? ¿Quiénes soy “yo”?.

Un participante me muestra un poema de Vicente Aleixandre que relaciona con el tema del otro, la comunidad, el compartir, el ser todos uno.

EN LA PLAZA

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

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